18 noviembre, 2017

Una ciudad donde cabalga el Quijote (y Sancho, por supuesto)

Reinaldo Cedeño Pineda

“Mi padre lee algunos pasajes del Quijote y ríe. Pero, ¿dónde se encontraba mi padre?, en la más difícil de las situaciones, perseguido y extraviado en plena selva tropical. Las condiciones no podían ser más adversas y sin embargo mi padre ríe tan espontáneamente que su risa es contagiada a sus compañeros…“¿Quién hizo el milagro? Un hombre que vivió hace cuatrocientos años y lo suscitó con palabras escritas en un papel”.

La cubana Dulce María Loynaz (1902-1997), se refirió así a un pasaje en la vida de su progenitor, el general Enrique Loynaz del Castillo, en el discurso de agradecimiento del Premio Cervantes. Lo puso en sus manos el rey Juan Carlos I de España, en Alcalá de Henares, a  inicios de 1993.

Y es que el mito cervantino del Quijote y de Sancho, hace mucho saltó del papel, hace mucho dejó de ser un asunto literario. Su simbolismo acompaña a la humanidad, lo mismo en los grandes sacrificios que en  la vida cotidiana.

La misma ciudad que vio nacer y morir a la Loynaz, La Habana, no lo podía dejar pasar. Ha decidido convertirlos en figuras tangibles, omnipresentes, en parte de la memoria visual de lugareños y visitantes. En algo más.

El Quijote de América

En el mismo corazón de Cuba, en El Vedado, en la intersección de las calles 23 y J, se halla la escultura conocida como Don Quijote de América. Hierro directo y cobre.

Su autor, Sergio Calixto Martínez Sopeña, emplazó la figura en 1980 y ya nadie puede imaginar el conocido parque sin Rocinante alzado, sin El Caballero Andante lanza en mano, directo hacia los molinos.

Bajo la advocación quijotesca, la vida habanera sigue su complejo andar. Medio mundo se lleva imágenes de recuerdo. El lugar es punto ideal para el encuentro, para vivir la diversidad. Se halla cerca de lugares emblemáticos como la heladería Coppelia, el cine Yara, el edificio sede del Instituto Cubano de Radio y Televisión.

¿Cómo el metal, sin perder fuerzas, se torna  dúctil y maleable?  ¿Se reconvierte en músculo y en gesto? ¿Cómo se despliega y se envuelve y se amalgama, volviendose bridas, asombro y libertad?

El Quijote fue inspiración de la vida del argentino-cubano Ernesto Guevara de la Serna, el Che. En carta a sus padres, fechada el 1 de abril de 1965, les escribe:

“Otra vez siento bajo mis talones el costillar de Rocinante, vuelvo al camino con mi adarga al brazo (…) Muchos me dirán aventurero, y lo soy, sólo que de un tipo diferente y de los que ponen el pellejo para demostrar sus verdades”.

Al fin y al cabo, al Quijote nunca le importaron demasiado si eran molinos o si eran gigantes. Si realidad o fantasía. Nunca le importaron las dificultades, sino la cabalgadura.

 El Sancho de la calle Obispo

Por supuesto, no hay Quijote sin Sancho. ¿Quién se atreve a desafiar el mundo sin un fiel escudero?

El Quijote de la capital cubana nunca estuvo completo del todo hasta que en La Habana Vieja no nació Sancho Panza. Su creador es el escultor, ceramista y pintor Leonardo De Lázaro Cubillas, que se firma como Leo DʼLázaro.

Nos sorprenderá en un parque de la populosa calle Obispo ―la misma de El Floridita―, exactamente en la intersección con Aguacate. El Rucio parece que va a flaquear  bajo el regordete con escudo  y lanza, pero resiste su anatomía. Hay una humanidad tremenda atrapada en el metal.

Es un recordatorio. A veces no aquilatamos a los Sanchos y Sanchicas que nos rodean. Son aquellos y aquellas a los que el tiempo ha redondeado, pero que no se rinden. Los diferentes. Los pacientes…

Sanchos son los que escuchan (¡oh, rara avis en estos tiempos sin tiempo!). Los que ponen el hombro para las quijotadas. Los que alivian en silencio  lo que el mundo corroe. Es una lastima que algunos solo reparen en la panza.

Cuando La Habana aparezca en su destino, no olvide la certeza de la premio Cervantes, Dulce María Loynaz:  un escritor que vivió hace más de cuatrocientos años… puede hacer el milagro.

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