Será el próximo 5 de noviembre en el Auditorio Nacional de Música. Las entradas están prácticamente agotadas
Hay citas con la historia de la música que trascienden el mero hecho estético para convertirse en actos de fe colectiva. El próximo 5 de noviembre, el Auditorio Nacional de Música de Madrid acogerá uno de esos hitos imborrables que configuran época. El esperado regreso de Gustavo Dudamel al frente de la Sinfónica Nacional Juvenil de Venezuela —en el marco de la temporada de Ibermúsica— no es solo un concierto extraordinario; es la reafirmación rotunda de un milagro pedagógico y humano que cumple medio siglo cambiando vidas a través del arte. La cita, inicialmente prevista dentro de la temporada 2025/26 de Ibermúsica, tuvo que aplazarse en dos ocasiones debido a las restricciones aéreas en Venezuela y a un fatídico terremoto. Su celebración en Madrid pondrá el broche final a la gira española de la formación, que comenzará el 1 de noviembre en Zaragoza y continuará el día 2 en Alicante y el 3 en Barcelona. Tras los aplazamientos obligados la gran música regresa con la fuerza telúrica de los acontecimientos que ya nacen legendarios.
Un monumento sonoro contra la barbarie
Para esta imponente cita, Dudamel y las huestes juveniles venezolanas han escogido una de las partituras más colosales, exigentes y emocionalmente devastadoras del siglo XX sinfónico: la Sinfónica n.º 7 en Do mayor, op. 60, «Leningrado», de Dmitri Shostakóvich.
Shostakóvich comenzó a escribir la sinfonía en el verano de 1941 en Leningrado (actual San Petersburgo), mientras las tropas de la Wehrmacht cercaban la ciudad e iniciaban un bloqueo despiadado que duraría casi 900 días. Como docente y ciudadano, el compositor se alistó voluntariamente en el cuerpo de bomberos del Conservatorio; la famosa fotografía de Shostakóvich con el casco de bombero en la azotea del edificio dio la vuelta al mundo como símbolo del espíritu indomable de la cultura rusa.
Tras ser evacuado a la fuerza por las autoridades soviéticas junto a su familia, Shostakóvich concluyó la partitura en diciembre de 1941 en Kúibyshev (hoy Samara). Allí tuvo lugar el estreno absoluto el 5 de marzo de 1942 con la Orquesta del Teatro Bolshói dirigida por Samuil Samosud. La obra se convirtió de inmediato en un fenómeno geopolítico. La partitura fue fotografiada en microfilms e introducida clandestinamente en Occidente a través de Teherán y El Cairo para ser estrenada en Londres por Sir Henry Wood y en Nueva York por Arturo Toscanini ante millones de oyentes por radio.
El verdadero milagro: El estreno de Leningrado
El momento más sobrecogedor ocurrió en la propia ciudad sitiada. El director Karl Eliasberg reunió a los pocos músicos supervivientes de la Orquesta de Radio de Leningrado. Estaban tan desnutridos que en los primeros ensayos apenas tenían fuerza para soplar los instrumentos de viento; tres de ellos fallecieron durante la preparación. Para completar la plantilla, el ejército soviético tuvo que retirar temporalmente a músicos del frente de combate. Para conseguir que los intérpretes aguantaran el esfuerzo físico que exigía el estreno en Leningrado, las autoridades soviéticas otorgaron a los músicos de Eliasberg raciones adicionales de pan y alimentos procedentes de las reservas militares. Mientras, las tropas alemanas mantenían un bloqueo brutal que provocó la muerte de cientos de miles de civiles por hambre y frío.
Los ensayos fueron una auténtica odisea: los profesores estaban tan debilitados por la desnutrición que muchos apenas podían sostener sus instrumentos. Aquella tarde, el concierto se retransmitió por altoparlantes a toda la ciudad y directamente a las trincheras enemigas, convirtiéndose en un triunfo inolvidable del espíritu humano frente a la barbarie.
El 9 de agosto de 1942 —el mismo día en que Hitler había planeado celebrar la caída de la ciudad con un banquete en el Hotel Astoria—, la sinfonía resonó en la Gran Sala de la Filarmónica de Leningrado. Para garantizar la seguridad del concierto, el ejército soviético lanzó una sangrienta e intensiva operación de artillería previa (Operación Tormenta) para silenciar los cañones alemanes. «La gente lloraba, pero no por miedo, sino por un orgullo insoportable. Comprendimos que éramos invencibles», dijo uno de los asistentes.
Años después de la guerra, antiguos soldados alemanes que estuvieron apostados en las trincheras a las afueras de Leningrado confesaron que, al escuchar la transmisión de la sinfonía por los altavoces aquella tarde de agosto, comprendieron que jamás podrían tomar la ciudad: «Gente capaz de producir y escuchar semejante música con esa fuerza en medio de la muerte no puede ser derrotada».
El corazón conceptual de la sinfonía
Comienza de forma engañosamente inocente: sobre un ritmo constante e hipnótico marcado por la caja sorda (al estilo del Bolero de Ravel), se presenta un tema banal, casi de opereta o canción infantil. La melodía se repite 12 veces consecutivas, sumando progresivamente capas orquestales hasta convertirse en un monstruo mecánico, ensordecedor y terrorífico que representa la trituradora de la guerra.
El tercer movimiento es un poema de dolor sobrio. Los vientos de madera entonan corales de iglesia barroca sobre cuerdas profundas, evocando el vacío de las calles heladas de Leningrado y el duelo silencioso por los miles de vidas perdidas por la hambruna.
El Allegro non troppo no busca un triunfo militar simplista, sino la victoria del espíritu humano. Shostakóvich retoma el tema inicial del primer movimiento y lo transfigura en una catedral sonora en Do mayor donde los metales, colocados en abanico, conducen la obra hacia una conclusión monumental. La Sinfonía n.º 7 en Do mayor, op. 60, «Leningrado» de Dmitri Shostakóvich no es únicamente una de las creaciones más monumentales del siglo XX; es un documento histórico viviente, una hazaña de resistencia cultural y una de las composiciones más conmovedoras de la música universal.
Y es ahí, en el fuego cruzado de la exigencia técnica y la verdad poética, donde la Sinfónica Nacional Juvenil de Venezuela encuentra su hábitat natural. Bajo la batuta magnética y visceral de Dudamel, la orquesta no se limita a tocar notas: encarna el pulso vital de una juventud que ha hecho de la música su trinchera de esperanza.
Cincuenta años de un referente mundial
Este reencuentro en la Sala Sinfónica del Auditorio Nacional adquiere tintes de celebración histórica al enmarcarse en el cincuenta aniversario de El Sistema, la magna obra fundada por el maestro José Antonio Abreu. Ver sobre el escenario a cientos de jóvenes músicos entregados a la arquitectura titánica de Shostakóvich es constatar que la utopía fundacional sigue viva, latiendo con la misma energía desbordante que cautivó al mundo hace décadas.
Madrid se prepara así para una noche de tensión lírica, belleza descarnada y comunión absoluta. Cuando el último acorde de la «Leningrado» se disuelva en el silencio del Auditorio Nacional, no solo habremos asistido a una lección magistral de dirección y orquestación; habremos presenciado, una vez más, cómo la música es capaz de vencer al tiempo, al dolor y a la distancia. Una cita ineludible con la historia viva de la interpretación.
56 años de buena música
Ibermúsica fue fundada por Alfonso Aijón en 1970, quien se propuso traer a España las mejores agrupaciones sinfónicas del mundo. Desde entonces Ibermúsica, ha evolucionado en concordancia con los tiempos conservando la calidad artística, el rigor y la pasión por el arte y la música. La institución ha trabajado durante 56 años y la relación de artistas que han debutado en España de la mano de Ibermúsica es enorme, gracias a la profesionalidad que ha sido consigna de esta casa. Asimismo, gracias a Ibermúsica se han estrenado en España numerosas obras de compositores tan relevantes como Stravinsky o Shostakovich. De la mano de Llorenç Caballero, actual Director General de la compañía, Ibermúsica sigue apostando por traer a nuestro país la mejor música con los mejores directores, solistas y orquestas del mundo en Madrid.
Quienes estén interesados en adquirir localidades, hay pocas disponibles en: www.entradasinaem.es; tel.: 902 22 49 49 o directamente en las taquillas del Auditorio Nacional de Música.
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